Ficción — inventada por diversión
Congelanza
(s.) La fe en que el recipiente sin etiqueta del fondo del congelador contiene algo bueno, sostenida por no abrirlo jamás.
congelanza (con-ge-LAN-za), sustantivo. La convicción optimista, mantenida durante meses y a veces años, de que la caja blanca escarchada que hay detrás de los guisantes es una ración de algo excelente que tuviste la sensatez de guardar. No tiene etiqueta. Tiene una fina costra de hielo en la tapa. Nadie en la casa recuerda haberla puesto ahí y, aun así, todos están secretamente seguros de que, sea lo que sea, estará riquísimo cuando por fin llegue el momento.
La palabra une congelador con esperanza, en el sentido estricto de una creencia que sobrevive solo porque nunca se ha puesto a prueba. Está emparentada con la alacenafe, que tiene que ver con un tarro sin fecha en la tapa, y con la mucho más peligrosa neveraconvicción, que dura horas en lugar de años y suele acabar mal. La congelanza, en cambio, es paciente, fría y muy longeva, igual que el propio congelador.
El recipiente nunca se abre, porque abrirlo acabaría con la posibilidad. Mientras siga cerrado, puede ser el guiso bueno, la porción de tarta de cumpleaños que sobró o la salsa que aquella vez salió perfecta. Una vez abierto, es casi siempre medio bote de caldo. Por eso en las casas se desarrolla una norma no escrita de coger otra cosa, y la caja va ganando antigüedad. A los seis meses todavía es una posibilidad. A los dos años ya forma parte del mobiliario familiar.
Uso: «Tres generaciones de congelanza terminaron un martes por la noche, cuando se descongeló el congelador y en el recipiente aparecieron dos cubitos de hielo y una hoja de laurel». En algunas familias se recuerda con auténtica pena. Después, la mujer que vació el congelador etiquetó cada recipiente nuevo que volvía a guardar, con letra grande y clara, mientras sus familiares la observaban desde la sala de al lado y lloraban la pérdida del misterio.
Detrás de la broma hay una costumbre de cocina muy extendida. Congelar sobras es una forma sensata de ahorrar comida y tiempo, pero los recipientes suelen entrar sin etiqueta, y unos meses después, escarchados y empujados al fondo, pueden ser casi imposibles de identificar. Es fácil ir aplazando la decisión de qué hacer con ellos. Muchas casas tienen al menos una caja misteriosa por la que todos han acordado en silencio no preguntar.
Así que, si tu congelador guarda un recipiente de esperanza, el remedio es sencillo. Sácalo, deja que se descongele y descubre qué es de verdad. Puede ser una sorpresa maravillosa, o puede ser caldo. En cualquier caso, la próxima vez que congeles algo, coge un bolígrafo y escribe en la tapa qué es y la fecha. Tu yo del futuro te lo agradecerá. No será tan emocionante, pero es mucho más probable que termine en cena.